ESTE BLOG LES DESEA UN AÑO 2011 LLENO DE DICHA Y PROSPERIDAD
Y que sean los responsables de la crisis los que paguen sus errores y no sus eternas víctimas, los trabajadores y trabajadoras
Pollo frito y macarrones
"Pollo frito y macarrones" fue el título del primer disco 45 (rpm) que compré en mi vida. Lo hice por el título. Y eso fue, para mí, una anécdota olvidada y pocas veces rescatada, como las que incluyo en este blog
sábado 1 de enero de 2011
domingo 7 de febrero de 2010
Hernia inguinal derecha sintomática no complicada

Me tienen que operar de una hernia. Es una hernia inguinal derecha, y aunque dicen todos que, salvo que se estrangule, es una de las intervenciones quirúrgicas más simples, este servidor está con unos temores que pudieran ser irracionales, pero que tienen su base en un trauma de la infancia.
Os lo cuento.
Corría el año de 1956 y estábamos mi padre, mi abuela, mi hermano y yo en la consulta del Dr. Marshall, un otorrinolaringólogo que atendía en la ciudad chilena de Valparaíso. Era un hombre bajo, rechoncho, simpático, charlatán y calvo. A Juan, mi pobre hermano, le agobiaba una persistente fiebre y un fuerte dolor de garganta.
El buen médico, con su atavío inmaculadamente blanco, a la usanza de aquella época y con un chisme que sostenía una especie de espejo redondo con un hueco en el medio, montado sobre su calva a manera de sombrero, dictaminó tras una breve mirada a la boca abierta de mi hermano.
-¡Chuchas, tremenda amigdalitis que tiene el cabrito este!
Mi padre y mi abuela lo contemplaron con la interrogación dibujada en sus rostros. Con estas expresiones todavía no atenuadas, recibieron la noticia:
-A este chiquillo hay que operarlo, pues don José.
Y mi padre y mi abuela, asombrosamente asintieron. Y digo asombrosamente, pues gastar un duro les costaba más que rezar el rosario (que por cierto nunca se rezó en casa).
Pero ahí no terminó todo.
El Dr. Marshall, quizás entusiasmado al ver la facilidad conque se había ganado un cliente para una operación, se dirigió a mí, que estaba sano y hermoso como un rábano y me dijo:
-Vamos a ver a este cabrito ahora, porque cuando un hermano tiene amigdalitis, al otro también le da.
Me hizo abrir la boca y la abrí.
Puso una cara de sorpresa enorme:
¿Y a vos, chiquillo, no te duele la garganta?
Y antes que le dijera que no, sentenció:
-Este está peor que el hermano. -Dicho lo cual invitó a mi padre y mi abuela a asomarse hacia el interior de mi boca y aunque seguramente no vieron nada, asintieron quizás por temor a quedar como unos ignorantes, que al menos en esa materia, lo eran.
-A este chiquillo también hay que operarlo, pues don José.
Y el buen e incauto viejo y su buena y también incauta madre, volvieron a asentir, aunque el olor del dinero de los gastos duplicados, asomó sombrío en ambas faces.
¡Con qué facilidad el galeno había endosado dos operaciones a esa pareja de hijo y madre!
No fue de extrañar la camaradería con la que el doctor Marshall se despidió de todos. Pero la despedida no fue un hasta luego, o hasta el día de las operaciones... ¡No!
Entre frases tranquilizadoras dirigidas a Juan y a mí, que realmente no las necesitábamos, porque con tan solo decirnos que estaríamos quince días de baja, lo que nos evitaba ir al cole, ya era una gran noticia. Decía que entre frases tranquilizadoras y ratificaciones de la conveniencia de las operaciones, el médico preguntó si en la familia había algún o algunos niños de nuestra edad y, claro, por ahí andaba mi primo hermano Jordi y, obviamente, recomendó que le visitara. Y así fue.
Después de análisis de sangre, de orina, de heces y todas esas sandeces, sin incluir las lavativas, que debía haber omitido por pudor, nos fuimos un día a las siete de la mañana desde Viña del Mar hasta el Hospital Naval Renato Deformes en Valparaíso en el Chevrolet modelo 1951 de mi padre. Allí íbamos, adelante, mi padre, Juan y mi tío Agustín y atrás, mi abuela, mi tía Soledad, Jordi y yo.
Llegamos y una enfermera gorda y desagradable nos ordenó ponernos las pijamas y acostarnos, Juan y yo en una habitación y Jordi en otra contigua.
-¿Quién es el mayor?-, preguntó a poco de llegar, un hombre que traía una camilla y como el mayor era Juan, lo pasaron a la camilla y se lo llevaron, acompañado de la yaya y de otra enfermera gorda y desagradable. Ello no fue obstáculo para que Juan se fuese haciendo morisquetas.
Diez minutos después, regresó el hombre de la camilla y en lugar de preguntar "¿quién viene ahora?", el muy hijo de puta, inquirió:
-Me llevo al menor. -Y Jordi se fue acompañado de mi tía Soledad y de la misma enfermera gorda y desagradable que se había ido con Juan. Jordi también se fue haciendo morisquetas, como Juan, como si ambos hubiesen ido a un parque de atracciones.
Otros diez minutos después, regresó el hombre con la camilla, pero con mi hermano acostado en ella, sumido en tan profundo sueño, que más bien se parecía al "Tordillo", aquel amiguete de juegos que un día se murió y al que todos fuimos a ver.
Para más remate, la Yaya, posiblemente sensibilizada por la operación de tres de sus cuatro nietos (Agustín se había salvado, porque nos llevaba unos quince años de diferencia), lloraba a moco tendido mientras asía una de las inertes manos de Juan.
¡Coño!
Visto lo visto, salté de la cama e intenté correr fuera de la habitación, pero la primera enfermera gorda y desagradable que habíamos visto al llegar a nuestras habitaciones, me cogió de un brazo, como quien coge a una gallina que intenta salvar la vida y con una destreza impresionante, me envolvió en una gruesa manta que me inmovilizó por completo. Me levantó como si fuese un fardo, me puso en brazos de mi padre y entre unos gritos que difícilmente os podríais imaginar, me llevó hasta las puertas de la sala de operaciones, que quedaba en otro edificio cruzando la calle y allí me dejó en brazos de una tercera enfermera gorda y desagradable, que a diferencia de las dos primeras, no iba vestida de blanco, si no de verde, con una gorrita y una amplia mascarilla del mismo color.
La mujer, bajo amenaza de darme un par de tortazos, me obligó a mear unos orines que no tenía y luego me recostó en una cama bajo unos enormes focos, me ató a ella a la altura de los tobillos y de las muñecas, pasando además, un cinturón sobre el pecho.
¡La hecatombe!
¡Me estaban asesinando como lo habían hecho con mi pobre hermano y seguramente también con Jordi!
Y en aquella mesa de sacrificios, rodeado por tres o cuatro sujetos o sujetas con batas, gorras y mascarillas verdes, uno me tapó la boca y la nariz un con paño humedecido con un líquido horrorosamente mal oliente y tras pedirme que contara al revés del diez hasta el uno (¡estaba mi ánimo para contar!), me acercó a la cara un artefacto que parecía ser de acero y tras luchar contra miles de rayos que se mezclaban con la oscuridad y de sentir cómo se elejaban las voces, me desperté de pronto en la habitación del hospital, viendo muy malamente cómo mi hermano, vivo a Dios gracias, gesticulaba signos difíciles de entender.
¡Una semana estuvimos ingresados!
¡Claro, que de aquello hacen cincuenta y tres años! Sin embargo, esa imagen y esas circunstancias me han perseguido toda la vida como una pesadilla.
Cuando el pasado viernes 22 de enero, mi moto hizo una cabrioleta extraña y nos caimos juntos, ella, la muy desalmada, dejó aprisionada mi pierna derecha y sentí a la altura de la ingle algo muy similar a la sensación de cuando picas un huevo y echas clara y yema sobre la cacerola, es decir una especie de "blurp", ya me imaginé que debería reencontrarme con los fantasmas del pasado.
Al llegar a urgencias y me vio el cirujano, me dijo con uno de esos rostros inexpresivos que caracterizan a los médicos de urgencia...:
-Lo que tiene es una hernia inguinal derecha sintomática no complicada... y ¿ya sabe como se soluciona esto, no? -Y antes que djiera que no, el hombre había clavado el puñal de la pesadilla hecha realidad.
-¡Con una operación! -Concluyó
Y aquí estoy, escuchando las experiencias de todos los que se han sometido a ella, que no son pocos considerando la edad, incluyendo la de Ricardo Olivares, que para darme ánimos, me contó que cuando le iban a operar de una hernia -siendo adulto- huyó del hospital y tuvieron que cogerle dos fornidos enfermeros para llevarlo a la sala de operaciones.
No me dio mucho ánimo, pero la risa incontenible que me ocasionó me llevó nuevamente derecho a urgencias, donde constataron que el hueco a través del que mi intestino delgado sale y entra se había agrandado y que por lo tanto, debía adelantarse la fecha de la operación.
¡Sí! ¡Ya lo sé! Soy un "cagao"!
¿¿¿Y???
viernes 1 de enero de 2010
Carta de un lector sobre Claudia Barraza
Habíamos dicho que no colgaríamos más notas en este blog, cuya continuidad está garantizada en los "Comentarios y cuentos de Ricardo Salvador". Sin embargo, una carta referida a nuestro post que lleva por título Claudia Barraza (2), nos sugiere romper transitoriamente la decisión, para colgar esta nota y la carta:Querido amigo, conoci mucho a Claudia, su hermano Arturo y su madre Esther y estuve muchas veces con los macarronis. Un gran saludo.
Hernán Lois
viernes 25 de diciembre de 2009
Todo en "Comentarios y cuentos de Ricardo Salvador"
A partir de ahora, los post que usualmente se colgaban en esta dirección lo harán en "Comentarios y cuentos de Ricardo Salvador" en las siguientes direcciones:
Gracias
jueves 29 de octubre de 2009
El colmillo del demonio

Lo que les voy a contar es la historia de un colmillo y de los infelicez dentistas que intentaron extraerlo.
A pesar de que es un pasaje escalofriante, vereis que no es más terrorífico que cualquier visita al odontólogo cuando sabes que algo no anda bien.
Comienzo.
Era el año 1992.
Disfrutaba para entonces de una cómoda situación económica y de un cierto prestigio como periodista y presentador.
Todo iba sobre ruedas. El destino nos había bendecido con un par de encantadores gemelos que se unían a otro par de idem y a una preciosa niña y se ve que cada uno vino con un pan debajo del brazo, porque el día que nacieron, la cadena me premió con la triplicación del sueldo. ¡Sí, sí! Me multiplicó el sueldo por tres, pero todavía creo que ese aumento estratosférico no fue por el nacimiento de los críos, sino que el alumbramiento sirvió de pretexto para blindarme en la emisora habida cuenta del inusitado éxito que estaba alcanzando mi programa intimista "La Hora del Ensueño y del Amor" que arrasaba en audiencia en la noche de Madrid.
¡Vamos! Que todo iba bien.
Sin embargo, un día cerca de la Navidad , quise partir una nuez y la nuez resultó tan dura que lo que me partí fue el colmillo derecho desde mi punto de vista y el izquierdo desde el vuestro.
¡Colmillo del demonio!
Se desprendió limpiamente toda la corona, quedando dentro la raíz.
Pasado el dolor, me percaté que no sentía molestias ni con la cerveza del desayuno, ni con el vino del mediodía, ni con el wiski de la merienda que me mandaba el médico para la tensión, ni el licor de melocotón que me zampaba cada noche como bajativo antes de dormir. Tampoco era sensible aquella raíz abierta a las copas que muchas veces compartíamos en la radio Gabi, Ángel, Adolfo y yo, ni aquellas otras cervezas que solíamos beber después del informativo estelar de las dos, Eduardo, el mismo Adolfo, Carmen, Jesús y también yo.
Me miraba en al espejo para ver si el estrago se percibía a través de una sonrisa y... ¡tampoco! Lo que sí me preocupaba era una mierda de verruga que me crecía en la nariz y que me desmejoraba bastante mi ya inevitable desmejoramiento innato. ¡Imaginaos! Feo y con una verruga.
Así es que dejando de lado el colmillo del demonio, opté por sacarme la verruga y no veais lo desmejoradamente guapo que quedé.
Poco después, una eminencia médica me diagnosticó, tratándome de una afonía total de tanto hablar, un cáncer de hígado y tras comprobar semanas más tarde su error, me prohibió volver a su lujosa consulta:
"Vosotros, bohemios asquerosos de la radio, sois unos alcohólicos. ¡No me regrese usted más por aquí o le saco a patadas!
Y me fui de lo más contento sin mi cáncer al hígado y sin la corona del colmillo del demonio cuya raíz permanecía dormida.
Posteriormente se me diagnosticó cáncer en una tumoración adherida a la tráquea, para cambiar al poco el diagnóstico por el de un tumor cancerígeno en la tiroides. Pero tras meses de angustiosos examenes y tratamientos, resultó ser una tumoración cebacea sin adherimientos (todavía la tengo como un objeto de museo, al lado de la "manzana de Adán").
Una nueva alegría mientras la raíz del colmillo del demonio seguía dormida y yo contento. Tenía una familia estupenda (todavía la tengo aunque aumentada con cuatro pequeñísimos miembros), un trabajo que combinaba magistralmente mi pasión compartida por la radio y el periodismo y un punto en la boca que por lógica debía dolerme, pero que no me dolía.
Una mañana, sin embargo, yendo al hospital Severo Ochoa de Leganés, soportando una temperatura de siete grados bajo cero, un niño de esos "metemeentodo" le preguntó a su mamá: "¿Mami, a ese señor no le da vergüenza ir por la calle con un flemón tan grande?".
Quise disimuladamente dar un golpe de vista al desafortunado hombre del flemón, pero en cincuenta metros a la redonda solamente estabamos el dulce niño, su avergonzada madre que me miraba con una media sonrisa de disculpas y yo.
Me toqué el lado derecho de la cara y tenía -¡Madre mía!- un flemón tan grande que más parecía estar chupando una manzana entera puesta entre el labio superior y las encías.
No me dolía, pero aquella raíz dormida, al igual que los bellos pero peligrosos volcanes inactivos, no tardó ni medio día en volcar toda su lava en forma de intenso dolor por su cráter.
¡Colmillo del demonio!
Una noche de angustia, de aspirinas y buscapinas, precedieron a la visita a la destista de urgencias.
La buena mujer, a la que escuchaba entre suspiros de dolor y veía a través de unos ojos de los que salían lágrimas de manera espontánea, me sacó una radiografía y me explicó que la raíz que parecía la lengua bífida de una serpiente, era tan profunda que debían operarme.
Primero el tratamiento de antibióticos y antiinflamatorios y una semana después al Centro de Cirugía Odontológica de La Fortuna, en Leganés.
Dos días después solamente me quedaba la molestia en forma de punzantes latidos.
Y al final llegó el momento de verme recostado en una camilla llena rodeada de luces y uno de los dos odontólogos, me inyectó la anestesia.
Salí a esperar en una pequeña salita a que me hiciera efecto el producto. El flemón que me salió fue descomunal y por más que me tocaba, la sensibilidad de la zona afectada era la misma de todos los días.
A las nueve de la mañana me recosté de nuevo en aquella desagradable cama.
Cuando uno de los cirujanos intentó introducir en la raíz una especie de diminuta anclita, fue tan intenso el dolor que más que un grito, dí un alarido.
-¡Anestesia! ¡Anestesia! -gritó el otro dentista y sin sacarme el ancla, me inyectaron anestesia en cantidades tales que se me adormeció parte de la frente y toda la boca excepto donde estaba la raíz rota.
Movió el hombre un poco su ancla y un gemido natural emergió por mi garganta.
--Aguante un segundo, sólo un segundo y estará la raíz fuera, -me dijo.
Sentí como si me enterraran un clavo hirviendo por la raíz y no pude contener otro grito espontáneo.
Al ver el ancla fuera, di un suspiro, pero cuando el profesional me dijo:
-Ahora sí que sí -me percaté que no habían movido la pieza ni un milímetro.
¡Colmillo del demonio!
Se repitió, después de un largo descanso toda la operación anterior y los gritos ya desfallecidos por un dolor aumentado, pero la raíz no cedió.
Poco antes de la una, informada mi mujer del porqué de una intervención de cinco minutos se había convertido en un calvario de cuatro horas, los dos carniceros dialogaron, y logré captar palabras como "hospital", "anestesia total", "ambulancia", "dolor intenso" y -lo más dramático de todo- "romper el hueso" y "seguro que aguantará un poco más".
Se introdujo un bisturí en mi exhausta boca, comenzó a salir sangre a borbotones a través de una manguerilla que me había puesto.
Salió fuera el bisturí. Había soportado el dolor de no sé cuántos cortes en las encías porque ya nada podría ser igual a los dolores inciales.
¿Nada?
Esta vez se introdujo un alicate en mi boca y un sonido a rama rota acompañado del dolor más intenso que haya sentido hasta ahora, me llevó a una profunda inconsciencia y al despertar no sé cuánto rato después, el dolor aunque aguantable tenía forma de agudísimos pinchazos que latían al ritmo del corazón.
Ya la raíz estaba fuera y en mi boca los señores habían acumulado la asombrosa cantidad de 38 puntos.
Cuando ocho días después fui a quitarme los puntos, la dentista de urgencias que me había enviado a ese centro de cirugía, vio la masacre en mi boca., no se lo podía creer.
¡Colmillo del demonio!
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