jueves 29 de octubre de 2009

El colmillo del demonio

Lo que les voy a contar es la historia de un colmillo y de los infelicez dentistas que intentaron extraerlo.
A pesar de que es un pasaje escalofriante, vereis que no es más terrorífico que cualquier visita al odontólogo cuando sabes que algo no anda bien.
Comienzo.
Era el año 1992.
Disfrutaba para entonces de una cómoda situación económica y de un cierto prestigio como periodista y presentador.
Todo iba sobre ruedas. El destino nos había bendecido con un par de encantadores gemelos que se unían a otro par de idem y a una preciosa niña y se ve que cada uno vino con un pan debajo del brazo, porque el día que nacieron, la cadena me premió con la triplicación del sueldo. ¡Sí, sí! Me multiplicó el sueldo por tres, pero todavía creo que ese aumento estratosférico no fue por el nacimiento de los críos, sino que el alumbramiento sirvió de pretexto para blindarme en la emisora habida cuenta del inusitado éxito que estaba alcanzando mi programa intimista "La Hora del Ensueño y del Amor" que arrasaba en audiencia en la noche de Madrid.
¡Vamos! Que todo iba bien.
Sin embargo, un día cerca de la Navidad , quise partir una nuez y la nuez resultó tan dura que lo que me partí fue el colmillo derecho desde mi punto de vista y el izquierdo desde el vuestro.
¡Colmillo del demonio!
Se desprendió limpiamente toda la corona, quedando dentro la raíz.
Pasado el dolor, me percaté que no sentía molestias ni con la cerveza del desayuno, ni con el vino del mediodía, ni con el wiski de la merienda que me mandaba el médico para la tensión, ni el licor de melocotón que me zampaba cada noche como bajativo antes de dormir. Tampoco era sensible aquella raíz abierta a las copas que muchas veces compartíamos en la radio Gabi, Ángel, Adolfo y yo, ni aquellas otras cervezas que solíamos beber después del informativo estelar de las dos, Eduardo, el mismo Adolfo, Carmen, Jesús y también yo.
Me miraba en al espejo para ver si el estrago se percibía a través de una sonrisa y... ¡tampoco! Lo que sí me preocupaba era una mierda de verruga que me crecía en la nariz y que me desmejoraba bastante mi ya inevitable desmejoramiento innato. ¡Imaginaos! Feo y con una verruga.
Así es que dejando de lado el colmillo del demonio, opté por sacarme la verruga y no veais lo desmejoradamente guapo que quedé.
Poco después, una eminencia médica me diagnosticó, tratándome de una afonía total de tanto hablar, un cáncer de hígado y tras comprobar semanas más tarde su error, me prohibió volver a su lujosa consulta:
"Vosotros, bohemios asquerosos de la radio, sois unos alcohólicos. ¡No me regrese usted más por aquí o le saco a patadas!
Y me fui de lo más contento sin mi cáncer al hígado y sin la corona del colmillo del demonio cuya raíz permanecía dormida.
Posteriormente se me diagnosticó cáncer en una tumoración adherida a la tráquea, para cambiar al poco el diagnóstico por el de un tumor cancerígeno en la tiroides. Pero tras meses de angustiosos examenes y tratamientos, resultó ser una tumoración cebacea sin adherimientos (todavía la tengo como un objeto de museo, al lado de la "manzana de Adán").
Una nueva alegría mientras la raíz del colmillo del demonio seguía dormida y yo contento. Tenía una familia estupenda (todavía la tengo aunque aumentada con cuatro pequeñísimos miembros), un trabajo que combinaba magistralmente mi pasión compartida por la radio y el periodismo y un punto en la boca que por lógica debía dolerme, pero que no me dolía.
Una mañana, sin embargo, yendo al hospital Severo Ochoa de Leganés, soportando una temperatura de siete grados bajo cero, un niño de esos "metemeentodo" le preguntó a su mamá: "¿Mami, a ese señor no le da vergüenza ir por la calle con un flemón tan grande?".
Quise disimuladamente dar un golpe de vista al desafortunado hombre del flemón, pero en cincuenta metros a la redonda solamente estabamos el dulce niño, su avergonzada madre que me miraba con una media sonrisa de disculpas y yo.
Me toqué el lado derecho de la cara y tenía -¡Madre mía!- un flemón tan grande que más parecía estar chupando una manzana entera puesta entre el labio superior y las encías.
No me dolía, pero aquella raíz dormida, al igual que los bellos pero peligrosos volcanes inactivos, no tardó ni medio día en volcar toda su lava en forma de intenso dolor por su cráter.
¡Colmillo del demonio!
Una noche de angustia, de aspirinas y buscapinas, precedieron a la visita a la destista de urgencias.
La buena mujer, a la que escuchaba entre suspiros de dolor y veía a través de unos ojos de los que salían lágrimas de manera espontánea, me sacó una radiografía y me explicó que la raíz que parecía la lengua bífida de una serpiente, era tan profunda que debían operarme.
Primero el tratamiento de antibióticos y antiinflamatorios y una semana después al Centro de Cirugía Odontológica de La Fortuna, en Leganés.
Dos días después solamente me quedaba la molestia en forma de punzantes latidos.
Y al final llegó el momento de verme recostado en una camilla llena rodeada de luces y uno de los dos odontólogos, me inyectó la anestesia.
Salí a esperar en una pequeña salita a que me hiciera efecto el producto. El flemón que me salió fue descomunal y por más que me tocaba, la sensibilidad de la zona afectada era la misma de todos los días.
A las nueve de la mañana me recosté de nuevo en aquella desagradable cama.
Cuando uno de los cirujanos intentó introducir en la raíz una especie de diminuta anclita, fue tan intenso el dolor que más que un grito, dí un alarido.
-¡Anestesia! ¡Anestesia! -gritó el otro dentista y sin sacarme el ancla, me inyectaron anestesia en cantidades tales que se me adormeció parte de la frente y toda la boca excepto donde estaba la raíz rota.
Movió el hombre un poco su ancla y un gemido natural emergió por mi garganta.
--Aguante un segundo, sólo un segundo y estará la raíz fuera, -me dijo.
Sentí como si me enterraran un clavo hirviendo por la raíz y no pude contener otro grito espontáneo.
Al ver el ancla fuera, di un suspiro, pero cuando el profesional me dijo:
-Ahora sí que sí -me percaté que no habían movido la pieza ni un milímetro.
¡Colmillo del demonio!
Se repitió, después de un largo descanso toda la operación anterior y los gritos ya desfallecidos por un dolor aumentado, pero la raíz no cedió.
Poco antes de la una, informada mi mujer del porqué de una intervención de cinco minutos se había convertido en un calvario de cuatro horas, los dos carniceros dialogaron, y logré captar palabras como "hospital", "anestesia total", "ambulancia", "dolor intenso" y -lo más dramático de todo- "romper el hueso" y "seguro que aguantará un poco más".
Se introdujo un bisturí en mi exhausta boca, comenzó a salir sangre a borbotones a través de una manguerilla que me había puesto.
Salió fuera el bisturí. Había soportado el dolor de no sé cuántos cortes en las encías porque ya nada podría ser igual a los dolores inciales.
¿Nada?
Esta vez se introdujo un alicate en mi boca y un sonido a rama rota acompañado del dolor más intenso que haya sentido hasta ahora, me llevó a una profunda inconsciencia y al despertar no sé cuánto rato después, el dolor aunque aguantable tenía forma de agudísimos pinchazos que latían al ritmo del corazón.
Ya la raíz estaba fuera y en mi boca los señores habían acumulado la asombrosa cantidad de 38 puntos.
Cuando ocho días después fui a quitarme los puntos, la dentista de urgencias que me había enviado a ese centro de cirugía, vio la masacre en mi boca., no se lo podía creer.
¡Colmillo del demonio!

miércoles 21 de octubre de 2009

Un poco más acerca de los 40 años del ingreso a la Escuela de Periodismo de la Universidad de Concepción

Como ya lo dije hace unos cuantos días, la próxima semana, el 30 de octubre, la mayoría de los ex compañeros que entramos hace 40 años a la primera clase en el primer año de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Concepción hoy llamada (en una suerte de recesión nominal) Carrera de Periodismo, se reunirán festejando fecha tan señalada.
Muchos no estaremos presentes físicamente, aunque sí de corazón, porque si bien es cierto que en términos generales de aquella etapa que se consituyó en un episodio inolvidable, los rostros, los nombres, las ideas se fueron esfumando -al menos en mi caso- recurriendo a fusiones personales para dar vida a personajes importantes de aquellos días, tampoco es menos cierto que a través del creciente intercambio de correos electrónicos de todos los involucrados, cada quien ha ido, a la par de perfilando figuras y pasajes, tomando el lugar que en su época tenía y así, aparte de mis entrañables mellizas Sandra y Olga y Patricio Gajardo y Eduardo Olivares y como no, el inolvidable amigo Mario Pantoja, se ha reconstruido en mi mente aquel rompecabezas desestructurado por el involuntario olvido para dar la forma de hace ocho lustros a personas tan apreciadas como Ana María, Lucy, Graciela (¿sería cierto que cantaba tan bien el Sapo Cancionero de los Chalchaleros?), Eliana, María Elena, Godoy, Pelayo, Juan Carlos. En esto han colaborado las fotos del ayer que algunos han enviado en las que al ver una en particular exclamé... "¡Coño, mira al Richard Vera!" . Hay muchos más pero si me pongo a nombrarlos parecerá que estoy pasando lista en clase.
Lo que puedo decirl es que el 30 estaré todo el día brindando no con vinos canonizados del cual mis amigos del 69 han excluído muy acertamente el SA(ta)N AUGUSTO, sino con mi preferido desde hace muchos años, el Señorío de Los Llanos, cosecha del 2003, D.O. Navalcarnero (Madrid) -una mierda para los entendidos, pero un néctar de los dioses para mi ordinario paladar-. En la noche haré un descanso tratando de mantenerme en pie y recibiendo los ya acostumbrados improperios de mi buena y sacrificada mujer en las escasas ocasiones en que le he dado este tipo de motivos en los 33 años que llevamos casados y el 31, pues a continuar brindando por los camaradas de ayer.
Y también a través de esos entretenidos intercambios epistolares, he recordado otras actividades extra académicas, guardadas posiblemente en el armario trasero de las vergüenzas con el apoyo de un ciclo tremendamente fatigoso que en pocos años, antes y después del paraíso de Barros Arana, me llevó a Buenos Aires, Río, Lisboa, Madrid, Barcelona y Caracas, que me ayudaron a echar un buen cargamento de situaciones para dejar bien en el fondo las escapadas a Orompello, (nombre que había olvidado por completo hasta esta semana), en una de las cuales, nos fuimos siete conocidos en un VW escarabajo y tras recibir en una de las casas de mujeres de perdición, los servicios ofrecidos, además de un baile etílico producto de una inacabable hilera de copas, nos dimos cuenta, uno a uno que no teníamos ni un duro encima y a una sola voz salimos corriendo, seguidos de dos de las pecadoras que dejaron dentro del lenocinio su dulce y cariñosa sensualidad para convertirla en el exterior en verdaderas fábricas de las más inimaginables groserías. Una vez dentro del coche que arrancó con una premura lógica, contandos y recontados éramos ya no siete, sino ocho, aunque nunca supimos -el alcohol es muy malo, lo puedo jurar- quién fue aquel octavo pasajero, aunque seguimos hasta la madrugada esa juerga que culminó con un desayuno en el mercado.
También a través de esas cartas virtuales, reconstruyo indirectamente la proyección hacia el futuro en relación a la importancia de la formación básica inicial -independientemente de la posterior- recibida en la escuela, ligada a la práctica de calle o de aula, y mis éxitos en el devenir profesional, se los achaco a esos años y los fracasos a mi fuerte vocación que siempre -incluso hoy, sexagenario- me han tenido buscando algo nuevo, diferente, aunque a esta edad ya las nuevas generaciones no se pueden creer que tengas nada que ofrecer, porque dan por hecho que no estás actualizado y que en lugar del Word utilizas una Underwood y del Excel, un ábaco.
Hubo momentos, también, en que maldije mi vocación, como aquel día en que parapetado junto a mi fotógrafo y un pequeño grupo de militares en un lugar asolado por las turbas cabreadas, esperábamos que una multitud de vociferantes manifestantes prendieran fuego a la construcción que nos ofrecía una cuestionable protección. Fue un momento en que no me cagué ni me meé encima, porque siempre he tenido la facilidad de enfrentarme a situaciones terminales con el aplomo que da la absurda sensación de inmortalidad que siempre llevamos dentro, aunque después tiembles enfrentado a la escasa lista de probabilidades que se ofrecían en un determinado momento. Esa tarde, la descarga de la munición de dos viejos aviones Bronco sobre la muchedumbre, nos abrió paso entre gritos, heridos, muertos y mucha sangre. Semanas después recibí la condecoración correspondiente a capitán del ejército por los servicios prestados, que consistieron en no haber publicado lo que si lo hacía me hubiese costado probablemente la vida.
No es difícil darse cuenta del efecto que ha tenido esta reunión en mi humilde caso, porque ha rescatado capítulos vitales relacionados con mi profesión y por ende con aquella casa, alejada del Campus (¿Se le llama Barrio Universitario todavía?) en donde se nos dio el pistoletazo de salida hacia ese ¿oficio? que por aquellos años era por naturaleza, de riesgo y de compromiso, algo bohemio y absolutamente vocacional.

viernes 25 de septiembre de 2009

La celebración de los 40 años del ingreso en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Concepción


El 30 de octubre se reunirán la mayor parte de mis antiguos compañeros de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Concepción, en Chile. Todos menos aquellos que no hayan podido ser localizados y los que no podemos por diferentes motivos.
Me da una pena tremenda no estar presente cuando lo que celebran son los cuarenta años de nuestro ingreso en la escuela. Lo malo es que desde hace doce meses había previsto viajar por estas fechas. Tenía muchos deseos de ir, aunque todavía no se hablaba de esta efemérides, porque desde que salí de Chile en 1973, pese a que he estado en varias oprtunidades a punto de hacerlo, no he regresado y si en esta ocasión, con una reunión tan importante por su significado tampoco puedo hacerlo, es que no está escrita en mi destino una visita al país donde conocí el primer amor de la mano de Claudia Barraza y la amistad al lado de Jaime Hales y Sandra y Olga Garretón y también compartí los buenos momentos de mi juventud con gente como Paz Chico (una guapa chavala, creo que de Chillán, que siempre me atrajo hasta que un día no volví a verla), René Blanco y Mario Pantoja. ¡Y cómo no! Tuve la suerte de conocer a la entrañable Irene Geis la sin par periodista y amiga de todos, que sucedió a Mario Sáez Escudero. No sé si era mejor directora o mejor compañera, aunque creo que supo combinar, por serle inherente, ambas cosas.
También guardo un especial y grato recuerdo de Eduardo Olivares, a quien durante muchos años, fusionando involuntariamente su nombre con el de Patricio Gajardo, tuve presente en mi memoria como Patricio Olivares. Fue Eduardo quien desde el primer día de clases asumió naturalmente, como es lo usual cuando se tienen las condiciones, el liderazgo de aquel grupo, muchos de cuyos integrantes pisaban un aula de estudios superiores, por primera vez en su vida. Aquel día, Eduardo, con más gracia y entusiamo, secundó las palabras del director, Mario Sáez, en el sentido de que por ser un grupo pequeño, la unidad como estudiantes debía imperar sobre cualquier otra consideración, más aún si tomamos en cuenta que por aquel entonces el periodismo era una carrera estrictamente vocacional, aún no contaminada por las mieses del éxito, las luces de los platós, ni las cuentas corrientes desbordadas. Y así fue. No pudieron las diferencias políticas hacer mella en el compañerismo nacido de una ilusión común, fuese cual fuese su objetivo final.
No sé si alguno de mis ex compañeros leerá esta nota. Pero si alguno lo hace, quiero que le transmita al resto, mi respeto, mi aprecio y el deseo de que en diez años más, cuando se celebre el medio siglo de nuestro ingreso en la escuela, podamos reunirnos, al menos aquellos que aún no hayamos encontrado el definitivo refugio en las eternas posesiones de la Parca.

jueves 23 de julio de 2009

Radio Fuenlabrada, adiós

En marzo del 91, una emisora ágil, juvenil y muy española, se asomó por las ondas del sur de Madrid. Era Radio Fuenlabrada cuya sintonía se repetía cada pocos minutos para que los oyentes que hacían zapping se quedaran con el nombre y con el punto del dial:
Noventa y dos punto sieeeeeete
Esto es Radio Fuenlabraaaaaada.
En junio de ese año llegué yo. Me presenté a una especie de casting para formar un equipo de deportes y me quedé como jefe de los informativos, y en las noches me relajaba con aquel programa que llevo en el corazón "La hora del ensueño y el amor" a través del cual intentaba compartir amistad y endulzar los en ocasiones espinosos caminos del amor. Poníamos mucha y buena música romántica.
Estuve cinco años en Radio Fuenlabrada, calificada como una emisora mítica, que logró trasponer con creces las fronteras de la localidad del sur madrileño, para proyectarse con inusitado éxito por toda la comunidad.
Mucha gente pasó por sus estudios, pero creo que el equipo de oro, el más recordado lo conformamos Jesús Sánchez, Adolfo Rodríguez, Carmen Palomar, Raquel Rodríguez y este servidor, que intentábamos no solamente mantener sino mejorar las increíbles cotas de audiencia que traían de cabeza a los directivos de otras emisoras que no comprendían cómo un equipo de desconocidos con discretos sueldos y bajos presupuestos podían presentarles competencia y ganarles. Durante los fines de semana estaban los incomparables Vicente García y Maricarmen Sánchez y en los informativos no me puedo olvidar de Eduardo Fernández, el jefe de deportes, el entrañable José Antonio Solana que a sus 18 años nos abandonó para irse al cielo, dejándonos en el corazón su sonrisa franca y su constante lucha por la vida que fue ganada por la muerte.
Capítulo aparte merecen las periodistas Mercedes Martínez, Anelys Martínez y mis queridísimas amigas y colegas Tenti Sánchez y Mónica Ramírez-
De todos ellos, Adolfo, Carmen y Mónica se mantuvieron hasta el final, hasta el cierre, hasta la asombrosa despedida.
Estuvieron también hasta el final, Isabel Díaz, la secre y Miguel Ángel Cárdenas, el comercial.
El caso de Radio Fuenlabrada es la imagen del éxito convertido en fracaso debido a la mala gestión de un director.
Era una radio local con proyección autonómica, con mucha publicidad, dirigida por una persona que ni tenía idea de administración, ni de dirección ni mucho menos de radio, lo que llevó a su presidente Ángel Cambronero, desconocedor por omisión de aquella negligente gestión, a asociarse primero con la desaparecida cadena Radio Voz, un efímero proyecto gallego que mermó la popularidad de Radio Fuenlabrada y luego con la Cadena Cope que ha optado por transformar aquel mítico punto del dial en un simple repetidor, convirtiendo en agua de borrajas el esfuerzo de Carmen Palomar y Adolfo Rodríguez por mantener la popularidad de una radio que jamás debió dejar de ser independiente ni de la zona sur, porque todos y cada uno nos debíamos a nuestro público.
¡Adiós, Radio Fuenlabrada!

viernes 26 de junio de 2009

El respeto nacido de un pollo, un Polli o... ¡una polla!


Hoy me he llevado una sorpresa. Han venido a solicitar mi ayuda un par de niños de unos once años y lo han hecho con respeto. ¡Sí! ¡Con respeto!
Imagino que estaréis tan asombrados como yo de que aún a estas alturas queden chavales que no solamente conozcan la palabra respeto, sino que la practiquen.
Eso era en mis tiempos cuando teníamos el respeto como norma inapelable. En los autobuses cedíamos por costumbre el asiento a las señoras, más si estaban embarazadas y más aún si eran mayores. También se los dábamos a los ancianos o gente con minusvalías.
Pero no todo se remitía a ceder sitios en los autobuses. También tratábamos de señor y de señora a la gente, incluso, en ocasiones, de señorita. Saludábamos además con la mano y si se requería, también con un par de besos. Personalmente besaba la mano de cuanto cura se me cruzara por el camino, pero eso a instancias de mi abuela que les tenía pánico y aseguraba que un beso temeroso en la mano de un cura evitaba que te fueras con él al infierno (mi abuela era comunista y supersticiosa... ¡y parcialmente franquista!).
Hoy esa juventud emergente tiene unas normas tan generalizadas que por estarlo y serlo, ya todos conocemos y no viene al caso reiterarlas.
¡Sí, señora! ¡Ya lo sé que su hijo es un primor! ¡Es cierto que lo ha criado a la antigua! Sí, sí... ¡que le creo, oiga usted! ¿Por qué no habría de creerle? ¿Que cuando el niño le hace explotar un petardo entre las gruesas nalgas de la abuela (su suegra) le pide perdón? Pues es muy loable... ¡Vamos a dejarlo señora en que su delicado retoño es la excepción que confirma la regla! ¿Ah? ¿Que tiene otro que es tan educado como éste? Pues déjeme usted seguir con esta nota que si no no la acabo... ¡Que sí! Que sí! que ambos son las excepciones que confirman la regla?
Recapitulemos.
Hoy me he llevado una sorpresa. Han venido a solicitar mi ayuda un par de niños de unos once años y lo han hecho con respeto. ¡Sí! ¡Con respeto!
Se han acercado cautelosamente a mí y uno de ellos, el más rubio y pecoso -el otro era moreno y sin pecas y algo más retaquito- me ha dicho:
-Señor
"Ya me está tomando el pelo el crío este", pensé, pues la palabra señor para dirigirse a mí, cuantimás si era emitida por la inocente boca de un niño, ya ni me sonaba en los oídos.
-Se me ha perdido mi pollo -añadió para mi mayor asombro
¡Un pollo! Obviamente el par de niñatos querían jugármelas Pero yo, más viejo, con más mundo y con más mala hostia, me anticipé a su jueguecillo y les respondí, sin mala intención, eso sí:
-Id y que os den por el culo, capullos impertinentes -y sin darles tiempo a la réplica, adosé -¡pero aprended a lavároslo (el culo) antes, indecentes!
Y como si el grande de los dos pequeños no hubiese escuchado mis finuras distorsionadas por el cabreo, volvió a decirme:
-Se me ha perdido mi pollo.
Y luego en tono de súplica, acompañada por las emergentes lágrimas del niño moreno sin pecas, me imploró:
-Ayúdeme a sacarlo, señor. Se me cayó por aquella rejilla -y me indicó las rejillas del respiradero de una empresa cercana.
-Es que si no lo saco, se me va a morir.
Dicho esto, el pequeñajo moreno y sin pecas le hizo eco entre gemidos y pucheros: "Se me va a morir"
Temeroso de no hacer lo correcto y en guardia para amortiguar el impacto de la más que probable gamberrada, accedí a acompañarles e incluso a ayudarles si en efecto, en el fondo cubierto por las rejillas, estaba el pollo del chaval.
A primera vista no vi nada, pero algo debía haber en aquel abismo de dos metros al que no llegaba la luz directamente, porque los dos chavales, como tontitos, se pusieron a dar grititos a coro:
-¡Polli, Polli, ya te vamos a sacar. ¡No sufras, Polli!
-¿Y dónde está el pollo, la polla o el Polli ese? -interrumpí con mi impaciencia su esperanzada alegría.
-¡Allí! -señalaron entusiasmados hacia un rincón del fondo.
Ví, en efecto, una sombra y dentro de la sombra otra sombra más pequeña y movediza.
Pero aquello no era un pollo.
-¿Y qué coño es eso? -quise saber.
-Se cayó ayer del nido y yo le recogí...
-¡Un puto polluelo de gorrión!
Me puse a chillar como un loco a pesar del respetuoso "pero señor" de los chiquillos que finalmente optaron por escapar y yo en una acción visceral, perseguirlos unos pocos metros en su huida.
Al poco rato, recuperada la calma, seguí mi camino y al volver a pasar cerca de la rejilla, les vi a los dos, con unos palos de escoba en su vano intento por recuperar aquella desvalida cría de gorrión. Quise obviamente congraciarme después de mi imperdonable actitud y me acerqué a brindarles mi apoyo en lo que buenamente se pudiese, , pero nada más verme, los muy desalmados corrieron dando tales berridos, que más bien parecía que hubiesen visto a Lucifer con su cruel disfraz de Satanás.